Durante mucho tiempo miramos la Enfermedad Hemorrágica Epizoótica como si fuera un problema lejano o pasajero. Hoy ya no podemos hacerlo así. La EHE ha entrado en la conversación diaria del vacuno de carne y de leche porque ha demostrado que puede golpear rápido, dejar secuelas y generar pérdidas que no siempre se ven en el primer momento. Por eso merece la pena detenernos, ordenar ideas y preguntarnos algo muy concreto: qué estamos aprendiendo en campo y cómo debemos prepararnos a partir de ahora.
En este vídeo, Sergio Pedrouzo repasa la situación actual de la EHE y nos ayuda a mirar más allá del brote puntual, con una visión práctica sobre prevención, manejo y preparación de la explotación.
La EHE ya no es una rareza sanitaria
Si algo nos ha dejado claro la evolución de los últimos años es que la EHE no debe entenderse como un episodio excepcional. El Ministerio de Agricultura la define como una enfermedad vírica infecciosa no contagiosa entre animales por contacto directo, transmitida por vectores del género Culicoides y capaz de afectar a rumiantes domésticos y silvestres. En bovino puede cursar con clínica moderada y autolimitante, pero en algunos animales provoca cuadros más graves, secuelas e incluso la muerte.
Esa matización es muy importante para la granja. Cuando decimos que no es contagiosa, no estamos diciendo que sea poco importante. Estamos diciendo que la llave del problema no está en el contacto nariz con nariz, sino en la presencia y actividad del vector. Y eso cambia por completo la forma de leer el riesgo, porque nos obliga a mirar no solo al animal, sino también al clima, al entorno y al momento del año.
La primera detección en la Unión Europea llegó en noviembre de 2022 y España confirmó sus primeros casos ese mismo mes. Desde entonces, la enfermedad se ha extendido por la mayor parte del territorio peninsular y ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en un riesgo recurrente que condiciona el calendario sanitario de muchas explotaciones.
El clima, el vector y el entorno explican buena parte del problema
Una de las claves que mejor ayuda a entender la EHE es asumir que la enfermedad va al ritmo del Culicoides. Cuando suben las temperaturas y se combinan humedad, materia orgánica y zonas favorables para el insecto, la presión vectorial crece. Cuando llega el frío y la actividad del vector cae, la circulación se frena. Eso explica por qué muchos ganaderos viven una aparente calma invernal y, sin embargo, vuelven a preocuparse cuando se acerca la campaña de riesgo.
La experiencia acumulada en España y en otros países europeos apunta en la misma dirección: no basta con pensar en si hubo o no hubo casos el año pasado. También hay que valorar si nuestra zona tiene condiciones para que el vector se multiplique, si convivimos cerca de fauna silvestre susceptible y si la explotación llega al periodo cálido con animales más o menos protegidos.
En este punto conviene recordar otra idea muy útil: el animal con viremia es el puente entre la granja y el vector. Dicho de forma sencilla, cuanto más fácil sea que el mosquito pique a un animal con virus circulando en sangre, más opciones hay de que el problema se sostenga y avance. Por eso las estrategias modernas no se quedan solo en aliviar síntomas, sino en cortar cuanto antes la cadena epidemiológica.
Qué señales no conviene pasar por alto en los animales
La EHE no siempre entra de forma escandalosa. A veces comienza con un animal más apagado, con menos apetito, con fiebre o con un andar que ya no es el habitual. En otros casos vemos lesiones en boca, inflamación de lengua, problemas para comer o beber, cojeras por afectación del rodete coronario, diarrea, dificultad respiratoria o una bajada general del estado del animal. La clínica puede ser muy variable, y ahí está una de las razones por las que conviene hablar tanto de observación diaria.
En campo, muchas pérdidas empiezan con un detalle pequeño que se deja pasar. Una vaca que tarda más en acercarse al comedero. Un animal que se aparta. Una res que empieza a perder condición porque le duele comer. Una vaca que reduce producción sin una explicación inmediata. La EHE castiga precisamente cuando nos llega tarde al ojo. Y por eso el mejor manejo no empieza en el botiquín, sino en la detección precoz.
Además, no todos los animales responden igual. La literatura oficial y técnica ha señalado mayor gravedad en determinados grupos de edad, en algunas razas cárnicas y en sistemas extensivos, donde la detección se retrasa más y el apoyo al animal enfermo puede llegar tarde. Esa combinación entre variabilidad clínica y dificultad de detección explica buena parte del daño real que vemos luego en explotación.
El coste real no está solo en las bajas
A menudo, cuando hablamos de EHE, la primera pregunta es cuántos animales se mueren. Es una pregunta lógica, pero incompleta. El impacto económico real va mucho más allá. La enfermedad puede dejar animales que tardan semanas en recuperar apetito, movilidad y condición corporal. Puede generar pérdidas productivas, empeorar índices reproductivos, complicar el manejo, aumentar tratamientos y consumir tiempo del personal justo en momentos en los que la granja ya va cargada de trabajo.
En una explotación de leche, la caída de consumo y el dolor al comer o al caminar pueden traducirse rápidamente en menos litros, peor estado general y más días de recuperación. En carne, la pérdida de condición y el retraso en la evolución del lote pesan directamente sobre la rentabilidad. Y tanto en intensivo como en extensivo, el coste oculto del brote suele estar en lo que se alarga: animales que no terminan de arrancar, que quedan tocados o que pasan una factura reproductiva más tarde.
Por eso merece la pena hablar de la EHE como una enfermedad que resta eficiencia. No siempre golpea con la espectacularidad de una mortalidad alta, pero sí erosiona márgenes, complica decisiones y obliga a trabajar más para sostener el mismo resultado.
Qué podemos hacer de verdad dentro de la explotación
Aquí conviene ser muy claros: no hay una sola medida milagrosa. Lo que funciona es sumar capas de prevención y reacción. Las recomendaciones de buenas prácticas publicadas por el MAPA van en esa línea y siguen siendo plenamente útiles para el ganadero. Hablan de supervisión diaria, atención temprana, disponibilidad de agua y alimento, tratamiento veterinario lo antes posible, mantenimiento del rebaño en buen estado sanitario general y medidas de lucha vectorial en animales, instalaciones y medios de transporte.
Traducido a lenguaje de explotación, esto significa varias cosas. Significa no esperar a que el animal esté claramente hundido para avisar. Significa facilitar que los clínicos tengan acceso sencillo a agua y comida, porque cuando hay dolor oral o cojera cada desplazamiento cuenta. Significa revisar sombra, zonas húmedas, puntos de acumulación orgánica y medidas razonables de control del vector. Y significa, sobre todo, no improvisar cuando el problema ya ha entrado por la puerta.
También significa hablar antes con el veterinario de explotación. No solo para tratar, sino para planificar. Las campañas difíciles se manejan mejor cuando llegamos con protocolo, con criterios de vigilancia y con una idea compartida sobre qué animales priorizar, cómo registrar la evolución y qué decisiones tomar según el sistema de la granja.
La vacunación ha cambiado el enfoque de futuro
En esta conversación hay un punto de inflexión claro. España autorizó en julio de 2024 el uso de la primera vacuna frente al serotipo 8 de la EHE, y en 2025 la Agencia Europea de Medicamentos recomendó su autorización a nivel de la Unión. A finales de 2025, la AEMPS informó además de la recomendación de una segunda vacuna para bovino. Esto es relevante porque desplaza el debate desde la resignación hacia la planificación preventiva.
Dicho de otra manera: durante la primera fase de la enfermedad, el sector estaba muy condicionado por la expansión del virus y por las limitaciones del control vectorial. Ahora, sin dejar de lado el manejo y la bioseguridad, la vacunación entra con más fuerza como herramienta central para reducir pérdidas y bajar la probabilidad de que los animales entren en viremia y alimenten la cadena de transmisión.
Para el ganadero, la pregunta no debería ser únicamente si la vacuna existe, sino cómo encaja en el calendario de su explotación, en la presión de riesgo de su zona y en la composición real del rebaño. Porque haber pasado la enfermedad un año no significa que todos los animales queden bien cubiertos al siguiente. Entran animales nuevos, salen otros, la inmunidad puede no ser homogénea y el contexto epidemiológico cambia. Ahí es donde el horizonte futuro deja de ser una idea abstracta y se convierte en una decisión de manejo.
Un error frecuente: pensar que el brote del año pasado ya nos protege
En campo es comprensible que aparezca esta sensación. Si ya pasamos una campaña dura, tendemos a pensar que lo peor ha quedado atrás. Pero la experiencia acumulada invita a ser prudentes. Haber sufrido EHE no equivale automáticamente a tener una explotación blindada. Puede haber animales que no enfermaron pero siguen siendo susceptibles, reposición incorporada después, niveles de inmunidad desiguales y zonas donde la presión del vector vuelva a ser alta.
Por eso uno de los mensajes más útiles para trasladar hoy al ganadero es que no conviene bajar la guardia. La propia evolución de la enfermedad en la península apunta más a un riesgo estacional recurrente que a una anécdota sanitaria ya superada. Y esa idea enlaza directamente con la necesidad de profesionalizar la respuesta: menos improvisación, más calendario, más registros y más conversación anticipada con el veterinario.
Nuestra hoja de ruta para llegar mejor al próximo periodo de riesgo
Si quisiéramos resumir todo lo anterior en un plan sencillo, podríamos decir que la explotación debe llegar a la época de mayor actividad vectorial con cinco deberes hechos. Primero, revisión sanitaria del rebaño y del calendario vacunal junto al veterinario. Segundo, observación afinada para detectar cuanto antes animales con fiebre, lesión oral, cojera o caída de consumo. Tercero, medidas realistas para reducir la exposición al vector en instalaciones y manejo. Cuarto, protocolo claro de actuación ante sospecha clínica. Y quinto, registros útiles para comparar campañas y no depender solo de la memoria.
Esta preparación no elimina el riesgo, pero cambia mucho la capacidad de respuesta. La granja que llega organizada a mayo, junio o julio no trabaja igual que la que empieza a reaccionar cuando ya tiene varios animales tocados. En sanidad animal, adelantarnos siempre cuesta menos que ir por detrás del problema.
Mirar al futuro con realismo, no con alarmismo
Seguramente esa sea la mejor conclusión para acompañar el vídeo: la EHE nos obliga a cambiar el chip, pero no a caer en el derrotismo. Hoy entendemos mejor la enfermedad, conocemos mejor su patrón estacional, sabemos más sobre los factores que empeoran el impacto y disponemos de herramientas que hace muy poco no existían. Eso no significa que el problema esté resuelto. Significa que podemos trabajar mejor.
Y trabajar mejor, en este caso, es algo muy concreto: observar antes, actuar antes, planificar antes y hablar antes. La explotación que integra la EHE en su rutina sanitaria como integra otros riesgos emergentes está un paso por delante. No porque pueda controlar todo, sino porque reduce errores evitables. Y en una enfermedad como esta, esa diferencia cuenta mucho.
Checklist rápida para tener a mano en la explotación
Una forma práctica de cerrar el artículo es dejar por escrito una pequeña lista de comprobación. Puede servir como recordatorio interno del equipo o como punto de partida para revisarla con el veterinario antes de la campaña de mayor riesgo.
| Qué revisar | Por qué importa | Qué conviene dejar decidido |
| Calendario vacunal | Permite llegar a la época de vector con la protección planificada y no a remolque del problema. | Qué animales se vacunarán, en qué fechas y con qué pauta prescrita por el veterinario. |
| Vigilancia diaria | La detección precoz reduce el deterioro del animal y mejora la capacidad de reacción. | Quién observa, qué signos se consideran alarma y cómo se comunica una sospecha. |
| Agua, comida y accesibilidad | Los animales con dolor oral o cojera empeoran rápido si comer y beber les cuesta. | Cómo facilitar acceso a lotes problemáticos y qué apoyos de manejo se aplicarán. |
| Control vectorial | No elimina todo el riesgo, pero ayuda a reducir exposición en momentos críticos. | Qué medidas se usarán en animales, instalaciones y transporte, y cuándo reforzarlas. |
| Registro de casos | Comparar campañas ayuda a decidir mejor y a no depender solo de impresiones. | Dónde se anotarán síntomas, evolución, tratamientos y resultados productivos o reproductivos. |
Ideas fuerza para destacar junto al vídeo
| Cinco mensajes que merece la pena subrayar • La EHE no se transmite por contacto directo entre vacas; depende del vector y del contexto ambiental. • El daño económico real incluye secuelas productivas, tiempo de recuperación y problemas reproductivos, no solo bajas. • La explotación que detecta pronto y actúa pronto juega con ventaja. • La vacunación ha cambiado el escenario y debe integrarse en la planificación sanitaria, no dejarse para última hora. • Haber tenido un brote previo no equivale a estar tranquilos para la campaña siguiente. |
Base documental utilizada para la adaptación
• Ponencia en vídeo de referencia.
• MAPA: ficha oficial de la Enfermedad Hemorrágica Epizoótica y actualización epidemiológica de diciembre de 2025.
• MAPA: recomendaciones de buenas prácticas de manejo frente a EHE en ganado vacuno.
• AEMPS: notas informativas de marzo y diciembre de 2025 sobre vacunas frente a EHE en bovino.
• Artículos sectoriales y divulgativos de Vetia sobre transmisión, gestión y prevención de la EHE.